Resumen de la Parashá
Yitró, sacerdote de Midián y suegro de Moshé, oye todo lo que Dios hizo por Israel. Viene al desierto con Tsipora y sus dos hijos, Guershom y Eliézer. Moshé le cuenta la salida de Egipto; Yitró se alegra y declara: “Ahora sé que Hashem es más grande que todos los dioses”, trae ofrendas y comparte una comida con Aarón y los ancianos.
Al día siguiente, viendo a Moshé juzgar solo al pueblo de la mañana a la noche, Yitró le aconseja un sistema de jueces: hombres capaces, temerosos de Dios, honestos, jefes de millares, de centenas, de cincuentenas y de decenas; solo los asuntos graves llegarán a Moshé. Moshé sigue su consejo y Yitró vuelve a su tierra. Que una parashá tan central lleve el nombre de un converso venido de lejos es en sí una enseñanza.
El 1 de Siván, Israel acampa frente al monte Sinaí, “como un solo hombre, con un solo corazón” (Rashí). Dios propone la alianza: “Seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa”, y el pueblo responde: “Todo lo que Hashem ha dicho, haremos”. Siguen tres días de preparación, la purificación y un límite alrededor del monte. Al tercer día: truenos, relámpagos, una nube espesa y el sonido del shofar; el monte humea y tiembla.
Dios pronuncia los Diez Mandamientos: “Yo soy Hashem tu Dios”, no tendrás otros dioses, no pronunciarás Su nombre en vano, recuerda el Shabat, honra a tus padres, no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no codiciarás. El pueblo, asustado, pide a Moshé que le hable él. La parashá termina con la prohibición de dioses de plata y oro, el altar de tierra y el altar de piedras sin labrar, sin escalones.
En muchas comunidades sefardíes la congregación se pone de pie para los Diez Mandamientos, leídos con la cantilación superior (taam elyón), y en Shavuot se leen las Azharot, poema de las 613 mitzvot de Rabí Shelomó ibn Gabirol.
Resumen de la Haftará
“Bishnat Mot HaMélej Uziyahu” (“El año de la muerte del rey Uziyahu”)
Texto en Isaías 6:1–13 para los sefardíes, 6:1–7:6 y 9:5–6 para los ashkenazíes
Isaías ve a Dios sentado en un trono alto, y el borde de Su manto llena el Templo. Serafines de seis alas se gritan unos a otros: “Kadosh, kadosh, kadosh es Hashem de los ejércitos, toda la tierra está llena de Su gloria”. El profeta exclama: “¡Ay de mí, soy un hombre de labios impuros!”; un serafín toca su boca con una brasa ardiente del altar. Dios pregunta: “¿A quién enviaré?” Isaías responde: “Heme aquí, envíame”. La lectura ashkenazí termina con el anuncio de un niño, futuro príncipe de paz en el trono de David.
Conexión Parashá-Haftará
Dos revelaciones: la del Sinaí, vivida por todo un pueblo, y la del Templo, vivida por un profeta. Ambas mezclan humo, voces y temblor, y transforman a quienes las viven. Las palabras de los serafines se convirtieron en la Kedushá, que decimos de pie y con los pies juntos, como los ángeles.